sábado, 15 de febrero de 2014

Una portera puede leer a Tolstói y una peluquera puede leer tu alma.

Es curioso que en los lugares más insospechados nuestros caminos se pueden cruzar con personas tan interesantes y que nos llamen tanto la atención que una termine escribiendo sobre ellas.
Esta mañana, cuando me levanté, no se me pasó por la cabeza que la peluquera que me iba a cortar el pelo fuese a ser capaz de leer mi alma. Una, por norma general, no espera que una peluquera sea tan sensible en ese aspecto. Supongo que cree que va a ser más superficial, porque te arregla el pelo, decora tu exterior. Desde luego esta experiencia me ha enseñado una cosa, y es que todavía tengo muchos prejuicios a la espalda. También me he dado cuenta de que no aprendí nada de La elegancia del erizo, donde Renée, a pesar de ser una portera, era la más culta, intelectual e inteligente de todo el edificio. Porque una portera puede leer a Tolstói y una peluquera puede leer tu alma, y no hay ninguna barrera física que lo impida.




Pues eso, que yo llegué a la peluquería, y tras una aburrida espera, dado que con las prisas había olvidado llevarme un libro, me empezaron a toquetear lo que queda de mi antigua larga melena.
Mientras me cortaba el pelo, la mujer me preguntaba que si me gustaba así o asá. Era increíblemente simpática. Lo cierto es que todas las personas que trabajan en negocios de este tipo, en los que tienes que estar en contacto con una gran cantidad de gente, suelen serlo, pero no de la misma forma. Yo lo noto quizá porque soy algo sensible o porque no suelo hablar mucho, pero hay personas simpáticas porque les apetece serlo y otras que lo son por inercia, porque ya se han acostumbrado a actuar así debido al dicho contacto con tanta gente. Con las segundas soy incapaz de abrirme, porque a mí no me apetece charlar y la otra persona parece obligada a ello, por lo cual prefiero ahorrarle el sufrimiento. Sin embargo, con las primeras es completamente distinto, noto la amabilidad deslizándose por sus voces y tengo ganas de atraparla y devolvérsela, de forma que sigan siendo de esa manera con todo el mundo. Por eso me abro fácilmente.

De todas formas, no todas las personas simpáticas pueden leer almas. Es como los genes, que van por separado. Igual que el color de los ojos y el del cabello no van unidos, por lo que no todas las personas con los ojos azules son rubias, tampoco todas las personas simpáticas pueden ser capaces de percibir tu esencia.
¿Que cómo lo hizo? No lo sé, ojalá pudiese averiguarlo. Leer almas tiene que ser muy útil, podrías saber qué esperar de cada persona, de tal forma que no habría desilusiones. Pero no, lo único que sé es que era una peluquera muy inteligente y que estaba muy por encima de muchos en el arte de ver de verdad a las personas.
 En serio, la mayoría de gente que conoce a mi familia de toda la vida siempre me dice que soy clavada a mi madre, y sí, llevan razón, físicamente soy mi madre, lo único que nos diferencia es el color de los ojos, que ella tiene oscuros y yo claros. Pero yo no soy mi madre. No pienso como mi madre, no actúo como mi madre, no hablo de la misma manera... Nuestras esencias por mucho que seamos madre e hija no son demasiado parecidas.
Bueno, pues esta peluquera no soltó la frase cliché por excelencia, la 'Ereh igualita a tu madre' (con acento andaluz de señora con ya cierta edad), que seguramente aunque lleve toda la razón, la usen con todo el mundo. Porque a todos se les dice que son igualitos a sus padres, más que nada porque existen unas cosas llamadas genes que tienen los padres y que transmiten a sus hijos. ¡Si se les dice hasta a los bebés! Y yo por lo menos soy incapaz de encontrar parecidos entre un bebé y sus padres hasta que no tienen ya bastantes meses.
A lo que iba, el hecho de que no dijese una frase tan común me llamó algo la atención en un principio. Sobre todo porque hacía unos momentos una señora con la que mi tía se cruzó la había repetido, por lo que la tenía presente.
Pero no fue hasta que, mientras me pelaba y charlábamos, se quedó quieta y sorprendida exclamó: '¡Tienes el aire de tu abuela!', cuando fui plenamente consciente de que no era el tipo de peluquera a la que yo estaba acostumbrada. Y jo, ¡qué paz transmitía mientras me hablaba!

Me voy por las ramas, volvamos al '¡Tienes el aire de tu abuela!'. Se refería a mi abuela Ana, madre de mi madre, y que murió poco antes de que yo hubiese cumplido un año. No pude llegar a conocerla, pero mi madre una vez me había comentado que era idéntica a ella, que contagiaba a todos con mi tranquilidad igual que ella lo hacía.
Yo no sé si transmito tranquilidad o si verdaderamente soy como mi abuela como dice mi madre, pero los padres suelen ser los que mejor conocen a sus hijos, o al menos en mi caso. Entonces que mi madre me dijese que me parezco a mi abuela tiene lógica, porque me ha observado desde que me trajo al mundo. Distinto es que la que me lo dijese fuese una completa desconocida para mí. NUNCA nadie exceptuando a mi madre me había identificado con mi abuela, nadie. ¿Por qué? Porque mi madre salió a mi abuelo, y dado que yo soy como su gota de agua, ninguna de las dos nos parecemos físicamente a mi abuela. Sin embargo, se ve que la peluquera había llegado a ver el interior de mi abuela y luego la mía, y de alguna forma había encontrado similitudes.

Ahora yo aspiro a ser así, como mi peluquera. Quiero no dejarme influir por el físico o por lo que alguien se dedique a hacer, y poder llegar a la esencia de la persona, a lo que es realmente es.
Como se estudia en filosofía, la esencia es aquello que permanece invariable y que constituye la naturaleza de las cosas, de forma que si cambia, deja de ser dicha cosa. Una persona no está constituida por piernas, brazos, cabeza... sino de sentimientos y conciencia, y sobre todo de formas completamente diferentes de entender el mundo.
Sin embargo, como ya mencioné arriba, sigo teniendo el fallo de creer que tal persona es de tal forma únicamente por lo que hace. Porque tiendo a generalizar, porque creo que si la mayoría de peluqueras a las que he conocido son superficiales todas las demás también lo serán, y me equivoco gravemente.
Esto me ha enseñado una buena lección que espero no olvidar jamás. Aunque todavía estoy a años luz de ser como mi peluquera. De todas formas, ya he dado un paso, ya me queda menos.



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